
Nos conocimos al final del verano de 2013, en una especie de cita a ciegas que empezó con algo de incertidumbre y terminó con una conexión inmediata.
Después de dos semanas hablando por WhatsApp, quedamos para ir al cine —una opción estratégica, por si la cosa no fluía— pero desde el primer momento no paramos de hablar.
La película fue terrible (El Llanero Solitario, por si alguien quiere comprobarlo 😅), pero gracias a eso la noche se alargó con cócteles, risas y una charla que terminó a las seis de la mañana. Al día siguiente volvimos a vernos… y ya no dejamos de hacerlo.
En 2016 nos fuimos a vivir juntos, con Melón, que ya formaba parte de la familia. Pasamos la pandemia en un piso pequeño, pero sin echar de menos ni un solo metro de espacio. Siempre hemos estado mejor juntos.
Nuestro primer viaje fue a Torrox, donde hicimos cócteles como en nuestra primera cita. Años más tarde, ese mismo lugar sería el escenario de la pedida de mano —cerrando un círculo perfecto.
Hace cuatro años nos mudamos a El Pardo, el lugar donde creció Carlos y donde ambos entendimos de verdad qué significa hogar. Aquí hemos construido nuestra vida: bicis, naturaleza, amigos cerca… y ahora también Bruce, el perro que esperábamos desde hacía tiempo.
Llevamos 12 años juntos, y aunque siempre tuvimos claro que queríamos envejecer el uno con el otro, ahora sentimos que era el momento. Somos mejores amigos, tenemos un sentido del humor que solo nosotros entendemos y seguimos compartiendo nuestras pequeñas pasiones: comer bien, hacer maratones de pelis y reírnos por cualquier tontería.
Porque, al final, somos eso: un equipo.
Y esta boda no es solo una celebración, sino una forma de decir que queremos seguir creando hogar —donde sea que estemos—, juntos.
Cuando visitamos La Casa del Esquileo, sentimos algo especial.
Ese sitio con historia, rodeado de naturaleza y calma, nos hizo pensar en todo lo que hemos vivido juntos: transformación, hogar, vida compartida.
Aunque ninguno es de Segovia, encontramos allí algo familiar… debe ser que las energías que vibran en los lugares auténticos se reconocen entre sí.